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Elogio de la atención

Publicado en crítica literaria, libreria con etiquetas , , el Noviembre 18, 2008 por sebaslaleona

Que la falta de atención, u olvido súbito, es un problema muy de ahora lo certifican la cantidad de artículos que se escriben en la prensa diaria sobre ello, el consumo voraz de moda en forma de arte, música, ropa o costumbres, y la literatura de metro, esos interminables bestsellers que devora el viajero cansado en los intersticios de sus funciones vitales: el trabajo y las compras.

Esta falta de atención es la que pide películas inconsistentes, conversaciones ligeras y, por supuesto, lecturas fáciles y entretenidas. No es que tenga nada en contra, pues a mí mismo me encanta de vez en cuando tragarme una de esas basuras exquisitas que son las pelis apocalípticas. Pero también es cierto que intento tomarme mi tiempo cuando abro un libro, consciente de que a las palabras hay que interrogarlas y de que para ello no basta con preguntas sobre el argumento. Éste es, en cualquier tipo de ficción, la excusa con la que el escritor intenta engatusarnos para hablarnos de otro tipo de cosas más allá del acontecimiento y la psicología.

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Por eso, El viaje en una burra de Robert Louis Stevenson me parece que no solo es interesante por la excentricidad (ya incluso a finales del XIX) de un recorrido así por tierras perdidas del Languedoc francés, sino porque el mismo ritmo del viaje, lento y sinuoso, imprime a la narración una prolijidad de detalles propia de una mirada muy atenta.

En este diario de viaje el escritor se propone recorrer una zona de la Francia meridional atractiva para él por un motivo: se trata de una zona en la que siglos atrás se produjo uno de los primeros movimientos de reforma del catolicismo (después de los Cátaros), que fue salvajemente reprimido con la quema de los reformistas y la posterior repoblación con católicos. Stevenson, protestante escocés convencido, se siente curioso por ver qué ha sido de esas gentes. Sin embargo, el libro no toca apenas este tema y se dedica a narrar sus peripecias con una burra a la que no sabe tratar, el contacto con las gentes de cada pequeña aldea que visita, los paisajes que atraviesa, la historia y las leyendas del lugar y las sensaciones que él mismo como extranjero tiene y provoca en los demás. Todo es objeto de su narración, desde los aullidos lejanos en las noches al raso hasta la confección de su moderno y excepcional saco de dormir o el creciente cariño por una burra a la que al principio odia.

De esta manera, este libro es un elogio de la atención, de la pausa, del ritmo lento magistralmente visualizado en el paso de una burra. Es una narración que nos llama a la calma, a tomarnos nuestro propio tiempo para leer y sentir, para disfrutar el instante que se estira, sin un antes o un después, y de manera divertida e irónica, pues de sus dardos no se salva ni él mismo.

Sería lo contrario de esas lecturas de metro, que nos empujan hacia la última página no para que demos fin a la historia, sino para olvidarla y correr a comprar otro libro y otro, fustigados por la sed de tener lo último, lo más nuevo.

(Imagen perteneciente a la Oackland Public Library)

Carlos Chávez Muñoz