Si el negocio de la librería jamás se enriquecerá con la venta de autores clásicos, como demuestra el hecho de que ni siquiera fueran las primeras publicaciones de una imprenta incipiente, sino que empezara todo, más bien, con librillos de escaso valor literario, como explica Diderot en su famosa carta sobre este tema; al menos sí deberá intentar mantener un equilibrio en sus fondos constituidos por “un número más o menos considerable de libros apropiados para diferentes estamentos de la sociedad y surtido de tal manera que la venta segura, aunque lenta, de unos, compensada con ventaja con la venta asegurada, más frecuente, de otros, favorezca el incremento de la primera posesión”. Así, la dicotomía entre lo bueno literario y lo más vendido se ensarta en la misma historia de la imprenta. Diderot resuelve el enfrentamiento a favor de la calidad, o sea, los clásicos.
Hoy en día, aún habiendo sido ampliada esta categoría, como bien hace Italo Calvino en su excelente ¿Por qué leer los clásicos?, parece que se ha roto ese equilibrio, por las conveniencias del mercado financiero, en beneficio de lo que todos conocemos como best-seller o libros basura, que sería el extremo radical o mero producto de consumo de esos libritos de “venta asegurada, más frecuente”. Sin embargo, dicha venta asegurada no tiene por qué caer en la escritura robótica de esos superventas, llenos de estereotipos y superficialidades, para los cuales cualquier cosa que se desvíe de la mera lógica del suceso y sus triquiñuelas de prestidigitador, no es más que una pérdida de tiempo para el lector. O sea, la profundización en todo aquello que nos define como humanos: sentimientos, ideología, fundamentación filosófica, raigambre cultural, etc., es un impedimento para ser entretenidos, único objetivo de esa escritura que nos concibe como consumidor pasivo de hechos, lector que sólo espera ser arrastrado a lo largo de mil quinientas páginas sin que su propia existencia sea interpelada ni una sola vez (como sí hacen los grandes clásicos) a base de acomodarnos en una realidad manida, tópica y políticamente correcta según los intereses de sus creadores. Por eso, tales libros están robotizados, pues son fruto de ecuaciones comerciales que presuponen que todo humano es estúpido. Y tal vez sea así, a la vista de los millones de ejemplares que se venden.
Pero también ha habido otras editoriales cuyo equilibrio estaba medido, como Edhasa, que, a medias entre Hispanoamérica y Barcelona, entre los años sesenta y setenta, junto con Guadarrama, Barral, Estela y otras, trajeron al castellano por primera vez obras capitales de aquellos días junto con clásicos y autores de gran calidad y venta asegurada, que más tarde se consagrarían, como prueban autores del tipo de Herbert Marcuse, Robert Louis Stevenson o Truman Capote, por ejemplo. Estas casas promovieron con sus títulos un tipo de lector que, aunque sin grandes expectativas, no estaba tan automatizado y alienado como los devoradores de papel contemporáneos, y se mostraba más abierto a esa interpelación de las grandes obras. Eran tiempos en los que se creía en la perfección humana a través de la lectura, como si ésta fuese algo en sí que con su mera práctica sanase todos los males.
Ahora sabemos que la lectura no es neutra, que hay que saber qué leer y, aún así, uno no tiene asegurada la mejoría, que lo bueno es escaso y lo abundante proviene de las cadenas en serie. De ahí que las colecciones iniciales de estas editoriales, ya descuartizadas por la lógica económica, sean reliquias, aunque modestas, de segunda mano, pues contienen grandes autores de ambos lados de esa dicotomía.
Por eso, aparte de hacer como una amiga mía, que no lee apenas autores que lleven muertos menos de cincuenta años, para saber qué leer es bueno tener como referencia a estas viejas editoriales, pues casi cualquier cosa que se encuentre nos tratará a nuestra altura, sin tomarnos por idiotas, y a las librerías de segunda mano, refugio último de los seres en extinción.