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Como primera edición

Publicado en libros antiguos, poesía con etiquetas , , , el Julio 16, 2008 por sebaslaleona

¡Ah, tiempo, tiempo cruel, que para tentarnos con la fresca rosa de hoy destruiste la dulce rosa de ayer!

Tres ediciones diferentes: en Londres, 1942; en Madrid, 1949; y en Veracruz, 1963. Esta última, corregida y ampliada por el autor antes de morir, es considerada la versión definitiva. Un libro que parte de España y que en sucesivas oleadas vuelve y se va de nuevo. He encontrado en una de las baldas Ocnos, de Luis Cernuda, en la edición mexicana. ¡Qué extraño viaje para un libro!

En la primera página del libro encuentro una hoja raída, amarillenta, con letra antigua de trazos alargados y tinta negra, como una especie de apunte escrito por un dueño desaparecido. Me resulta imposible datarlo, pero imagino que será de la misma fecha que la edición: “Ocnos no es una biografía ni podemos rastrear en él a la persona de Cernuda. Poesía abierta. Discurre, al igual que el pensamiento, por entre el presente y el pasado evocando momentos en los que el yo se descubre en la realidad y ésta toma forma en ese encuentro: en la música, en un cuerpo, en los libros. Este es el deambular de Ocnos”.

De esta manera, la lectura únicamente adquiere sentido al ser leída y nuestro alejamiento de la obra portará siempre algo de ese sentido, así como ella quedará impregnada de nosotros. Vuelve a la vida, por así decir, en el presente del lector. Si el texto refleja sobre todo el logos de un semejante, su discurrir, la peculiar manera de una persona de apuntalar el mundo, gracias a lo cual yo puedo identificarme en él y empatizar con él, el deambular de la edición de este libro tal vez sea un correlato de ese pensador y viceversa. ¿Qué puede tener entonces Ocnos de ambulante y fijo? ¿Esto será sólo explicable por el exilio de Cernuda? Desde luego, ya se sabe, gracias a Gustavo Bueno, que las condiciones materiales delimitan el contexto en el que surgen los conceptos más abstractos: el sistema decimal surge de manera táctil de un animal que cuenta con diez dedos en sus manos, por ejemplo. Así, también la condensación de instantes fugaces en un texto que tiende a permanecer surge de nuestra condición finita como seres. El espacio y el tiempo ligados al recuerdo surgen de la pérdida. La recreación mutua entre autor, texto y lector emana de la disolución continua de ellos en la orfandad de la escritura. Pero, tal vez, esto no sean más que reflexiones a propósito de una nota anónima. De la misma forma, también podríamos decir que el deseo de una primera edición o un original proviene de un ser alienado por un mundo que se fabrica en serie copiándose sin fin. Y también la obra de un escritor parece perder su rasgo de palabra primera en el mundo cuando la leemos en esos volúmenes en serie que son las obras completas. Esa palabra primera es la que forja al yo junto al mundo, en continua destrucción y recreación. Eso es Ocnos y su deambular.

Por eso, hace tiempo un amigo me dijo que él siempre prefería las primeras ediciones o, al menos, las ediciones que respetan la separación y unidad del texto en un solo libro.

La composición de éste fue hecha con letras del tipo Bodoni. Tirada de cuatro mil ejemplares. Impreso en el mes de Septiembre, el día cuatro.

Segunda mano

Publicado en crítica literaria, libros antiguos con etiquetas , , el Julio 4, 2008 por sebaslaleona

Entre una montaña de libros para ordenar me encuentro un volumen verde, tapas duras, letras doradas: primera edición de Las metamorfosis de Proteo de Guillermo de Torre, del año 1956.

¿Qué sentimiento recóndito nos hace disfrutar del hallazgo de un libro antiguo entre los montones o las estanterías que abarrotan una librería de segunda mano? El arqueólogo que llevamos dentro ve satisfecho su afán por descubrir reliquias que recompondrán nuestras vitrinas de la historia. El fetichista goza con la rareza estética del objeto libro, con sus peculiaridades únicas. Como de un caramelillo, el lector de ocasión se alegra al encontrar un precio regalado y el devorador de libros cree estar en la sección gourmet del supermercado, la visión de los anaqueles le genera un rastro de babilla verborréica. Pero por mucho que diseccionemos la alegría de ese encuentro nada salvo el propio libro podrá describir sinceramente la profundidad de ese lazo entre él mismo y el lector al que enamoró.

Al instante de ser cogido de la estantería ves cómo lo que antes parecía viejo y cutre, ahora se te muestra antiguo y valioso, incluso el lomo desvencijado recupera un poco de ese tono fuerte y vivo que antaño lució, como las pieles pálidas del invierno se entonan con los primeros rayos de primavera. Y termina engatusándote con tal o cual rareza de la portada interior. Y como este libro es un superviviente, pero no solo de las estaciones sino de pasiones, cariños, necesidades y riñas, por eso, sabe que no debe darse por entero en la librería, se reserva hasta pasadas unas horas cuando, ya en casa, despliega toda su belleza entre tus manos y te insinúa en una lengua exótica sus secretos: los garabatos hechos por alguien hace cincuenta años, un colofón modernista o la dedicatoria escrita con afecto. Ha viajado cincuenta y dos años para llegar a ti. Entonces, sabes que su lugar no estará entre los otros libros de la estantería, al menos durante una temporada. Seas el tipo de lector que seas lo colocarás en un lugar preeminente, visible, con orgullo y cuidado, tal vez el sitio de tu cuaderno de notas o junto a tu sillón para que siempre que lo tomes en tus manos sientas de nuevo esa especie de placer natural que experimentas al entrar en un templo en ruinas.